• ese lugar •

 El deseo ferviente de un beso apasionado, que no se condice con el deseo de estar sola, en mi cama, quizás, llorando. El deseo ferviente de unas manos acariciándolo todo, apretando las curvas existentes entre mis axilas, y mi pelvis. De los besos apasionados, que continúan. Deseo ferviente, del retorcimiento de la columna vertebral, que se eleva cual pluma, como si no existiera atmósfera posible. El pintoresco  cruce entre las piernas y las sábanas. Los pies, los deditos de los pies. Deseos inquebrantables de esas mismas manos, haciéndome cosquillas en la planta de los pies. Sí, cosquillas en la planta del pie. Me encantan. Las contracciones internas, que cada yema provoca al susurrar la piel, de zonas tan peligrosas como los laterales púbicos, surcos suaves, con inclinaciones poco vistas, que te llevan a sitios festivos; curioso mundo el del orgasmo, que dota a los seres de gestos insólitos. Los hoyuelos, sí. Pequeños aljibes laterales de la boca que te cuentan cada moción de felicidad que provocan tus palabras. Sí. El deseo incandescente de tenerte frente. No importa si la luz está encendida. Los cachetes hacen honor al mayor derecho de felicidad, que pudiera existir en esta tierra, el cual determina que morir dentro tuyo, sería una muerte digna. Como así también el soñarte, en la casita del árbol, subida a la montaña en las tardecitas de invierno, acariciando al atardecer como me acaricias a mí, cuando tomas fotos de mis detalles más recónditos, esos que reflejan tu luz. Las callecitas flotantes, de este amor inconcluso que no se detiene. Así como el reloj, los virus, las muertes, las olas, y los te quiero. No para el sentirte. Porque es lo que mejor me sale, sentir. Sentir a fuego lento, y en aguas claras, sentir cómo se envuelve todo a mi alrededor, cual tornado que siempre me persigue desde una niñez en la que no le confiaba. Sos ese beso que te quiero dar, eterno. Eternamente mío, el beso. El deseo ferviente de cada partícula de mis órganos de latir furiosos de energía, al percibir tu sonrisa. No importa si es una foto de tu gesto más genuino, o es el brillo de tus ojos cuando me ves después varios días. Te amo, sin tiempo, sin ataduras, sin condiciones. Te amo porque amar es simple, y sentir es humano. Me sana el amar, porque es otra forma, de amarme. Una más. Sin importar los espacios, sin importar los deseos. Y en ese amar, te llevo en la sangre, te paseo todo el día por mi cuerpo. Te suspiro, me despierto. Imagino escenas, de momentos culmines, dónde el protagonista es sólo el placer mutuo, de un secreto entre dos. Y me remito a los hechos que se condicen con la confianza plena que establecen los sueños, de manera tal que en momentos como esos, los sueños, pasan a ser reales. Una confianza acabada, pues, yo hablaría hasta de palabras impensadas con vos, te ilustraría todo el tiempo. Y a menudo, te preguntaría ¿Qué hacer cuando el mundo se haya descolorido?, y de seguro, vos responderías con un verso etéreo, de esos que soltás a veces, cuando nadie te ve; y yo, me encontraría obnubilada, otra vez, sin saber cómo hacerte entender, con palabras, todo lo que pasa por mi cuerpo, cuando coloreas así mis días. Porque, si hay algo que supiste siempre, es que mis días, ya tenían su color, su textura, su gama de variables.. que ya tenían su toque diferente, uno a la vez, conforme al despertar del cielo, o al sabor del café. Así como también supiste, a los pocos minutos de conocernos, que tus colores podrían agregarme variables, quitarme esquemas, y hacerme ver una yo, que no era tan yo, antes de conocerte. Y es por eso que lo grito, y lo repito, porque sos un poco el espejo de mi alma, al desarmarte conmigo en ese revuelo de sábanas, de sierras, de porros, de carcajadas y caminos, para luego dejarme flotando en una plenitud que no controlo, sabiéndome mía, y acariciándome hasta los poros con las yemas de mis dedos. Sí, de los míos. Porque a veces también me auto acaricio. Y eso me encanta. Y supiste también que yo volaría muy alto, incluso hasta llegar a las nubes, porque viste en mí, esa fortaleza inquebrantable que se deshilacha en 3, 2, 1.. así, tan fácil. Facilidad con la cual crece nuevamente, renace como el Fénix, sin pedir permiso, y me atrevo a decir que hasta sin pensarlo, vuelve, y es todo lo que fue, y todo lo que será, en un instante. En ese mismo instante en el que me despojas de vos. Y me despojo de mí, para darme otro nombre, otro espacio, para darme otra página, otra letra. Sernos así de multicolores, te dije. Y la fusión de la paleta explotaba. Y los verdes y amarillos nos levantaban de la cama, y los rojos y violetas, nos metían de nuevo en ella. Los azules, nos enojaban un poco. Los inviernos grises, nos acurrucaban. Los veranos naranjas, nos distanciaban, subían la temperatura y nos encendían. Las fusiones, eran casi perfectas. Aunque a ninguno, claro está, nos cerraba la perfección, por lo cual nos las arreglábamos para que nada llegue a ese punto. Los chocolates, marrones, en todas sus tonalidades, nos salvaban gulas. Los negros noche, tenían mil y un destinos, pero nosotros elegíamos siempre los mismos, los helados y la cama. Así, y asá.. podría estar una vida, encontrando tonalidades para describirnos. Pero ya no hace falta más..  

  La felicidad, fue ese lugar hermoso que cantamos juntos.

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  Emilia Sánchez Meneghini


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